Pareciera que los indígenas caucanos quisieran armarse su propia "república independiente" Ya tienen una población definida, sus territorios están plenamente delimitados por cuenta de sus resguardos o de las fronteras establecidas del departamento, y buscan el monopolio de la fuerza mediante la expulsión de los actores armados radicados en sus tierras. Sólo les faltaría ser reconocidos por otros estados, como pasa con Palestina. Pero no viene siendo el caso.
Pareciera que los mismos sujetos no quisieran saber nada de la protección estatal, garantizada por la actual Constitución de 1991, y siendo deber de las Fuerzas Armadas para ejercer soberanía en todo el territorio colombiano. Y por ello, se oyen voces en la sociedad tildando a los indígenas de idiotas. Que cómo se les ocurre sacar a los militares, que cómo siguen con ideas de la época colonial. Claro, uno tiende a juzgar con lo que sabe, y sin saber.
Son simples "pareceres". No creo que los indígenas quieran independizarse ni aislarse del resto de Colombia. Les apuesto que ellos se sienten mucho más colombianos que la mayoría de nosotros. Su apego a la tierra y a sus costumbres lo muestra así: un gran sentido de pertenencia por la tradición se nota en su manera de comportarse, en sus conversaciones, en la manera como ven el mundo. Y así como le dan importancia al lugar donde viven, tienen un gran aprecio por el otro. No por lo que muestra, sino por lo que es.
Tal vez por esto los indígenas se han sentido ofendidos a causa de las acciones estatales. Ver que los militares custodian más a unas antenas de celulares que a una población es fiel reflejo de algo que me contaba mi cuñado un día: al indígena le molesta la presencia de los militares porque ellos sólo protegen lugares con claros intereses económicos. Y no cualquier interés, estamos hablando de empresas extranjeras. Y al nativo le molesta eso: algo que considera como suyo se lo llevan otros.
¿Que si les molesta la guerrilla? ¡Por supuesto! Por igual, los grupos ilegales han alterado el tejido social de las comunidades indígenas. El terror ha servido como estrategia de dominación. Pero no lo veamos necesariamente como sinónimo de masacres y hostigamientos. Se ha visto que cuando un grupo armado tiene controlada a la población, no necesita de actos violentos. O imponen sus normas o se infiltran en las actividades comunitarias. Venden discurso, aprovechando que comparten con los indígenas su odio hacia lo foráneo.
Creo que afortunadamente muchos indígenas no han comido cuento. Pero su desconfianza hacia el gobierno los lleva a un punto crítico. En momentos de guerra no se pueden dar el lujo de desconocer la soberanía estatal, representada en el Ejército Nacional. Así como la Constitución les ha garantizado espacios de participación, ellos deben permitir que el Estado cumpla su labor efectivamente. Con ello no vulneran su vida innecesariamente. Parte de nuestro contrato social implica ceder un poco de nuestras potestades a un ente mayor.
Por supuesto, el Ejército también tiene una tarea: reconocer al indígena como un actor con derecho a ser respetado. Deben garantizar que la guerra no llegue a las cabeceras municipales, pero es más importante luchar por la protección de las personas. Ahí es donde radica la indignación: ser indiferente con los habitantes nativos resulta chocante; no es muy agradable que se prefiera proteger a un objeto que a un ser humano. Se siente la pérdida de un poco de dignidad, como si fueras poca cosa y no fueras a decir algo relevante.
Hay que defender los intereses de la nación (el pueblo, para que no lo asocien a otra cosa). Y esa es una labor de todos. Si no cedemos y no reconocemos el criterio del otro, es muy complicado llegar a acuerdos y lograr la paz anhelada. Mientras, la historia sigue...